No hace falta saber qué te pasa para ir al psicólogo
En 30 segundos
- No tienes que llegar a la primera sesión sabiendo qué te pasa ni cómo se llama.
- Ordenar lo que te pasa es parte del trabajo, y se hace entre dos, no antes de llegar.
- Esperar a tenerlo claro puede convertirse en otra forma de no pedir ayuda nunca.
Abres el calendario para pedir cita y te frenas. ¿Y qué digo?
No es ansiedad exactamente. Tampoco es tristeza. Es que llevas meses sin reconocerte: sin ganas, durmiendo mal, saltando por cualquier cosa.
Cierras el calendario. Ya pedirás cita cuando sepas qué contar.
El examen que nadie te ha puesto
Detrás de ese freno suele haber una idea: que a la primera sesión hay que llegar con el problema definido, como quien lleva el coche al taller y dice «hace un ruido aquí».
Y si no lo tienes claro, parece que no es para tanto, o que vas a hacerle perder el tiempo a alguien.
Así que buscas en internet hasta dar con una palabra que encaje, para tener algo que decir. Ansiedad, depresión, burnout. Pruebas tres y ninguna te queda bien del todo.
A la primera sesión no se va a exponer un caso, sino a empezar a entenderlo. Nadie espera que llegues con un diagnóstico, ni con la historia ordenada, ni con las palabras justas.
Por qué cuesta tanto ponerle nombre
Piensa en un día malo cualquiera. Te despiertas con un nudo y te irrita un mensaje de nada.
A media tarde no tienes fuerzas para la llamada que tenías pendiente. Por la noche le das vueltas a algo de hace años.
Desde dentro, todo eso no parece una cosa. Parecen veinte cosas sueltas, cada una con su explicación: el trabajo, el cansancio, que eres así. Y las etiquetas que circulan por ahí tampoco ayudan: están pensadas para describir a mucha gente a la vez, no tu martes.
Lo que te pasa casi nunca llega con etiqueta, porque se vive a trozos. Para verlo entero hace falta ponerlo fuera, en orden, y mirarlo con alguien que sepa qué preguntar.
La idea
«No sé qué me pasa» no es no tener nada que contar. Es exactamente lo primero que hay que contar.
Lo que se hace con un «no sé»
Un «no sé qué me pasa» no se queda en el aire. Se tira de él con preguntas concretas, de las que se responden con lo que has vivido y no con teoría:
- ¿Cuándo fue la última vez que lo notaste? ¿Dónde estabas?
- ¿Qué hiciste justo después?
- ¿Qué has dejado de hacer desde que empezó?
- ¿Qué has probado ya por tu cuenta?
Ordenarlo es trabajo de los dos, no deberes que traer hechos. Y a menudo lo útil no es el nombre, sino ver qué lo mantiene: qué haces cuando aparece y qué te cuesta.
En una terapia, entender todo eso suele llevar las primeras sesiones. Tiene nombre, evaluación, y no se hace de un vistazo ni el primer día.
Tampoco hace falta un discurso
La otra cara del mismo freno es el ensayo. Vas en el autobús preparando cómo empezar, qué contar primero, cómo explicar lo de tu madre sin que suene exagerado.
Llegas, y se te olvida todo. O te quedas en blanco. O empiezas por un detalle que no tenía nada que ver y acabas llorando por otra cosa.
Llegar con el discurso desordenado no estropea la sesión. Lo que sale sin ensayar da información que un discurso pulido taparía: por dónde empiezas, qué te cuesta decir, en qué te detienes.
Y si el primer día no llegas a lo que más te importaba contar, no se ha perdido nada. Una conversación no se acaba ahí, y lo que no sale en la primera sesión puede salir en la tercera.
Lo único que sí puede ayudar llevar
Si te da calma llevar algo escrito, que sea poco:
- Desde cuándo lo notas, aunque sea aproximado.
- Un par de momentos concretos de las últimas semanas: qué pasó, qué notaste y qué hiciste.
- Lo que te gustaría que fuera distinto, aunque sea vago.
- Las preguntas que quieras hacer tú.
Puedes llevarlo en una nota del móvil y leerlo tal cual. No es hacer trampa: es usar lo que tienes.
Si quieres apuntar esos momentos con algo de estructura, la hoja de registro de una semana te pide seis cosas al día y nada más.
Prueba esto
Termina esta frase en una nota del móvil, sin corregirla: «Últimamente me pasa que…». Escribe lo primero que salga, aunque sean tres cosas que no pegan entre sí. Eso ya es un sitio por donde empezar.
¿Y si al final no es nada?
Detrás del «no sé qué me pasa» a veces hay otro miedo: llegar, contarlo y que te digan que eso le pasa a todo el mundo. Salir con la sensación de haber hecho el ridículo por pedir cita.
Piensa en cualquier otra consulta. Si el médico te dice que es un catarro, no te ha dado una mala noticia ni le has hecho perder el tiempo: te has quitado una duda.
Salir sabiendo que lo tuyo no necesita terapia también es salir con una respuesta. Puede ahorrarte meses de preguntártelo y dejarte una idea más clara de qué hacer por tu cuenta.
Y si lo que te pasa encaja mejor con otro profesional o con otro tipo de ayuda, también es útil saberlo pronto.
El riesgo de esperar a tenerlo claro
Esperar a saber qué te pasa tiene un problema: puede no llegar nunca. Lo que no se mira desde fuera rara vez se ordena por su cuenta, y «cuando lo tenga claro» puede convertirse en otra forma de aplazarlo.
Se parece a querer ordenar la casa antes de que venga quien te va a ayudar a ordenarla. Se entiende el impulso, pero el desorden es justo lo que hay que enseñar.
No saber qué te pasa es una razón para preguntar, no para esperar.
Y si en algún momento lo que no sabes nombrar incluye pensar en hacerte daño, no esperes a ninguna cita: el 024 atiende la conducta suicida, también a familiares, gratis y 24 horas. Si hay peligro, el 112.
Si estás valorando la primera sesión gratuita de 30 minutos por videollamada, en la página de la primera sesión está contado qué pasa en ella, sin sorpresas. Y si lo que te frena es más la vergüenza que el desorden, hay frases para los primeros minutos en me da vergüenza contárselo al psicólogo.