Contarle a tu familia que vas al psicólogo (o no contarlo)
En 30 segundos
- Si eres mayor de edad, decidir si lo cuentas es solo cosa tuya, y no contarlo no es mentir.
- Si quieres contarlo, ayuda elegir a una persona, un momento sin prisa y decir qué esperas de ella.
- Contar que vas no te obliga a contar de qué hablas.
Comida del domingo. Alguien pregunta por qué ya nunca puedes los jueves por la tarde. Te quedas con el tenedor a medio camino, buscando qué decir.
O al revés: llevas semanas queriendo contarle a tu madre que has empezado terapia, y cada vez que vas a decirlo cambias de tema. Ensayas la frase en la ducha y luego no sale.
Las dos escenas tienen algo en común: no hay una forma correcta de hacerlo, y la decisión es tuya.
No tienes por qué contarlo
Empecemos por aquí, porque a veces se da por hecho lo contrario. Si eres mayor de edad, ir al psicólogo es una decisión tuya, como ir al dentista. Nadie de tu familia tiene derecho a saberlo.
El profesional tampoco lo va a contar. El secreto profesional cubre que vas, no solo lo que hablas, también si la terapia te la paga otra persona, y solo cede en unas pocas excepciones muy concretas.
No contarlo no es mentir ni esconder nada malo. Es decidir qué parte de tu vida compartes, como haces con tantas otras cosas.
Si prefieres que no se entere nadie, lo que suele delatarte es lo práctico: un correo a la vista, un cargo en una cuenta compartida, una cita en el calendario. Está todo, punto por punto, en cómo ir al psicólogo sin que se entere nadie.
Por qué cuesta tanto decirlo
Imagina la escena antes de que pase. Tu padre que dice «¿y eso para qué?».
Tu madre que se queda callada y luego te escribe por la noche preguntando si es culpa suya. Tu hermana que lo cuenta en el grupo de la familia.
Lo que pesa no suele ser decir «voy al psicólogo». Es lo que imaginas que vendrá después: preguntas que no quieres responder, una preocupación que tendrás que gestionar tú, una etiqueta.
A menudo no temes la frase, sino tener que hacerte cargo de la reacción de los demás.
Y a veces hay una capa más. Si vas a terapia por algo que tu familia aún no sabe de ti, como tu orientación o tu identidad, contar una cosa no te obliga a contar la otra.
La idea
Contar que vas al psicólogo no te obliga a contar de qué hablas. Son dos decisiones distintas.
Si decides contarlo
Algunas cosas lo hacen más fácil:
- Empieza por una sola persona, la que mejor suele reaccionar. No hace falta anunciarlo en la comida familiar.
- Elige un momento sin prisa y sin público: un paseo, un trayecto en coche o un mensaje, si por escrito te resulta más fácil.
- Dilo corto y en tono normal, como cualquier otra noticia: «Quería contarte que he empezado a ir al psicólogo. Es algo mío y me apetecía que lo supieras».
- Di qué esperas de esa persona: «No necesito que hagas nada, solo quería que lo supieras», o «Me ayudaría que no me preguntes cada semana».
Decir qué esperas evita que la otra persona tenga que adivinarlo. Sin esa frase, es fácil que reaccione con lo que cree que toca: preocuparse, buscar culpables o dar consejos.
Qué responder a las reacciones típicas
No sabes cómo va a reaccionar nadie, pero hay frases que se oyen a menudo. Tener una respuesta pensada quita mucha tensión:
- «¿Pero qué te pasa?». «Nada que tenga que explicar ahora. Si un día quiero contarlo, te lo cuento».
- «¿Es por nosotros?». «No va de culpas. Es algo que hago por mí».
- «Tú no necesitas eso». «Se va por muchas razones, no solo cuando se está muy mal. Lo he decidido yo».
- «¿Y de qué habláis?». «Eso prefiero guardármelo».
- «Con hablar conmigo te basta». «Hablar contigo me gusta y no lo voy a dejar. Esto es otra cosa».
No hace falta ganar la conversación. Basta con no dejar que decida otra persona por ti.
Y si la conversación se tuerce, también puedes cortarla: «No me apetece hablar más de esto ahora». No tienes que justificar una decisión sobre tu salud.
Cuando la reacción es mala
A veces la reacción es fría, o burlona, o el tema vuelve a salir en cada comida. Eso duele, y dice más de cómo se habla de salud mental en esa casa que de ti. Que alguien de tu familia no lo entienda no significa que estés haciendo algo mal.
Puedes poner un límite pequeño: «De esto no voy a hablar en la mesa». Si cuesta sostenerlo, hay una guía entera sobre poner límites a tu familia sin romper la relación.
Y si lo que hay en casa no son comentarios sino control, insultos o amenazas, lo primero es tu seguridad: el 016 si eres mujer y sufres violencia, el 028 si eres una persona LGTBI y el 112 si hay peligro. Si eres menor de edad, ANAR te atiende en el 900 20 20 10.
Prueba esto
Escribe la frase exacta con la que lo dirías, en dos líneas como mucho, y léela una vez en voz alta. No tienes que usarla. Es solo para tenerla a mano si llega el momento.
Puedes cambiar de idea
Lo que decidas hoy no es para siempre. Puedes no contarlo ahora y hacerlo dentro de un año, o contárselo a una persona y a nadie más.
Hay quien lo cuenta al principio y luego se cansa de que le pregunten cada semana. Hay quien lo cuenta al final, cuando ya puede explicarlo con calma. Y hay quien no lo cuenta nunca, y no le falta nada.
Con el tiempo, la terapia puede volverse algo tan normal en tu semana que contarlo deje de pesar, o algo tan tuyo que no te apetezca compartirlo. Las dos cosas valen.
Y si quieres pensarlo con alguien, es un tema perfectamente válido para llevar a la propia terapia.