El perfeccionismo no es exigencia: muchas veces es miedo
En 30 segundos
- El perfeccionismo que más pesa no es querer hacerlo bien, sino tener miedo a fallar o a que te critiquen.
- Retocar, aplazar o no entregar te protege de esa crítica a corto plazo, y por eso se repite.
- En la investigación, la parte del perfeccionismo ligada a la preocupación por fallar se asocia a procrastinar más, no menos.
El informe estaba terminado a las siete. Son las once y llevas cuatro horas cambiando la letra de los títulos y reescribiendo el primer párrafo por sexta vez.
No está mal. Lo sabes. Pero mañana alguien lo va a leer, y eso es lo que pesa.
Quien lo lea no va a notar la diferencia entre la versión de las siete y la de las once. Tú sí notarás el sueño.
Si te preguntan, dirás que eres muy exigente. Puede que sea verdad. Puede que no sea toda la verdad.
Dos cosas que se llaman igual
Con «perfeccionismo» se nombran a la vez dos cosas bastante distintas.
Una es querer hacer las cosas bien: ponerte metas altas, disfrutar de un trabajo cuidado. La investigación la llama afán perfeccionista.
La otra es la preocupación por fallar: miedo a equivocarte, a que se note, a lo que piensen. Se la llama preocupaciones perfeccionistas.
Querer hacerlo bien y tener miedo a hacerlo mal no son lo mismo. Pueden ir juntas, pero empujan en direcciones distintas.
Hay quien disfruta haciendo bien su trabajo y no se hunde si le corrigen. Y hay quien no busca tanto un buen resultado como que nadie le pille en un error.
Lo que te protege retocar
Mientras sigues puliendo, nadie ha visto el trabajo. Y lo que nadie ha visto no puede ser criticado.
Es releer cinco veces un mensaje antes de mandarlo al grupo. Es no subir una foto porque en todas sales regular. Es no hablar en la reunión hasta tener la frase perfecta, y que para entonces ya hayan cambiado de tema.
Cada repaso de más baja un poco la inquietud: «ahora está un poco mejor, ahora es un poco menos atacable».
Retocar sin fin no es cuidado: es una forma de aplazar el momento en que te juzguen. Y como alivia, se repite.
La idea
Lo que no se termina no se puede juzgar. Ese es el trato del perfeccionismo, y lo cobra en tiempo y en descanso.
Por qué acaba paralizando
Si para empezar algo necesitas tener tiempo de hacerlo perfecto, muchas cosas no empiezan nunca. El correo se queda en borradores. El proyecto personal se queda en la libreta.
Y no solo en el trabajo. También con aprender a tocar un instrumento, con escribirle a alguien que te gusta o con proponer un plan.
Y si no lo empiezas, tampoco puedes fallar. Otra vez el mismo trato.
El tiempo que no dedicas a empezar lo dedicas a culparte por no empezar, que descansa bastante menos que no hacer nada.
Un metaanálisis de Sirois, Molnar y Hirsch (2017) lo miró con datos. Las preocupaciones perfeccionistas se asociaron a procrastinar más, y el afán perfeccionista, a procrastinar algo menos.
Son asociaciones, no prueban qué causa qué. Pero desmontan la idea de que el perfeccionismo es simplemente un exceso de ganas de hacerlo bien.
Cómo se nota que es miedo
No es un test ni sirve para diagnosticar nada. Son momentos en los que quizá te reconozcas:
- Un comentario neutro sobre tu trabajo te tiene dándole vueltas toda la tarde.
- Entregar te cuesta más que hacer.
- Te ofreces a hacerlo todo porque, si lo hace otra persona, no estará como tú lo harías, y luego no puedes con todo.
- Cuando algo sale bien, sientes más alivio que alegría.
- Dejas de hacer cosas que te gustaban porque no se te daban lo bastante bien.
- Pides perdón por adelantado: «perdona si no está muy bien».
Cuando lo que te mueve es evitar un error y no conseguir algo, suele haber miedo debajo.
Una forma sencilla de mirarlo: cuando terminas algo, ¿sientes que lo has conseguido o que te has librado? Si casi siempre es lo segundo, el motor no es la exigencia.
Por qué parece una virtud
El perfeccionismo tiene buena prensa. En una entrevista de trabajo, «mi defecto es que soy perfeccionista» suena casi a presumir.
Y a menudo se premia desde fuera: el trabajo impecable, la casa perfecta, la persona que nunca falla. Eso hace más difícil verle el precio.
Además, a veces el miedo da resultados. Sacas buenas notas, haces un trabajo impecable, y es difícil saber cuánto de eso venía del miedo y cuánto de ti.
El precio está en otro sitio: en las noches sin dormir, en lo que no empiezas, en lo poco que disfrutas de lo que sí sale bien.
Entonces, ¿bajar el listón?
No necesariamente. No se trata de que te importe menos hacer las cosas bien.
Bajar el listón a la fuerza suele vivirse como rendirse, y el miedo sigue ahí, esperando al siguiente encargo.
Se trata de notar cuándo el siguiente repaso ya no mejora el trabajo y solo te protege. Y de probar, poco a poco, qué pasa cuando no te proteges.
En terapia se trabaja precisamente eso: ver qué te ahorra cada conducta y soltarla de forma gradual. Que hacerlo bien deje de ser la única forma de estar a salvo.
Prueba esto
Elige algo pequeño que tengas a medias, un correo o un mensaje, y envíalo hoy en su versión suficientemente buena, sin el último repaso. Antes, apunta qué temes que pase. Mañana, apunta qué pasó.
Si te has visto aquí, en la guía sobre autoexigencia tienes cómo se trabaja este miedo, y en la de dejar de procrastinar, por qué aplazar tiene tan poco que ver con la pereza.
El mecanismo de fondo es el mismo que explica por qué el miedo crece cuando lo evitas.