Por qué a veces es más fácil contárselo a alguien que no conoces
En 30 segundos
- Con quien forma parte de tu vida, lo que cuentas tiene consecuencias en la relación; con alguien de fuera, no.
- Por eso a veces le cuentas a un desconocido lo que llevas años sin decir en casa.
- El secreto profesional añade algo más: lo que cuentas en terapia no sale de ahí sin tu permiso, salvo excepciones muy concretas.
Llevas meses sin contárselo a tu mejor amiga. Ni a tu hermano, ni a tu pareja. Y una noche, en un tren o en una sala de espera, se lo cuentas casi entero a alguien a quien no vas a volver a ver.
Luego te preguntas qué ha pasado. Por qué con esa persona sí y con las tuyas no.
Con quien te quiere, lo que dices se queda en la relación
Piensa en lo que pasa cuando se lo cuentas a alguien de tu vida.
Tu madre se queda preocupada y te llama tres veces esa semana. Tu amigo ya no mira igual a tu pareja en las cenas. Tu hermana lo saca en la siguiente discusión.
Lo que cuentas a alguien cercano no se queda en esa conversación. Se queda en la relación, y vuelve en la comida del domingo, en una mirada, en un «¿estás bien?» que no querías oír.
Por eso, antes de hablar, haces cuentas casi sin darte cuenta: cómo le va a sentar, qué va a pensar de ti, qué va a hacer con esto. Y muchas veces la respuesta a las tres preguntas acaba siendo la misma: mejor no.
También callas para proteger a los tuyos
Hay otra cosa que pesa, y se ve menos: el cuidado.
No se lo cuentas a tu madre porque ya tiene bastante. A tu amiga, porque acaba de empezar en un trabajo nuevo. A tu pareja, porque se lo tomaría como algo suyo.
Y cuando alguien te pregunta qué tal, dices «bien, con mucho trabajo» y cambias de tema.
A menudo no callas por vergüenza, sino para no hacer daño a quien quieres. Y eso, que dice mucho de ti, te deja con lo más pesado a solas.
Con alguien que no forma parte de tu vida, ese cálculo desaparece. No hay nadie a quien proteger. No le vas a estropear la semana ni a cambiar la idea que tenía de ti, porque no tenía ninguna.
La vergüenza pesa más si te van a seguir viendo
Imagina decir en voz alta eso que nunca has dicho. Lo que asusta no suele ser el momento de decirlo. Es el día después: cruzarte con esa persona en el pasillo y saber que lo sabe.
La vergüenza pesa más cuanto más vas a seguir viendo a quien te escuchó. Un desconocido no estará en la cena de Navidad, ni en el grupo de WhatsApp, ni en el trabajo el lunes.
Por eso un tren o un bar a las tantas parecen sitios tan buenos para soltarlo. No es que esa persona tenga nada especial: es que no se va a quedar.
La idea
No callas porque no confíes en tu gente. Callas porque lo que les cuentes se quedará a vivir en la relación.
El problema del desconocido del tren
El desconocido del tren tiene un límite claro: no puede hacer nada con lo que le cuentas. Te escucha, a lo mejor te dice algo amable, y se baja en la siguiente estación. A la mañana siguiente, lo que te pesaba sigue donde estaba.
Tampoco tienes ninguna garantía de qué hace con ello. Puede contarlo esa misma noche, con tu nombre o sin él.
Un psicólogo tiene lo bueno del desconocido sin ese problema. No forma parte de tu vida, no se va a cruzar contigo en la comida familiar y no tiene a nadie en tu entorno a quien proteger. Pero no se baja en la siguiente estación: se queda para trabajar con lo que le has contado.
Lo que añade el secreto profesional
La diferencia que más importa es otra. Lo que le cuentas a un psicólogo está protegido por el secreto profesional: no sale de ahí sin tu permiso expreso. Ni a tu familia, ni a tu pareja, ni a tu médico, ni a quien te recomendó ir.
Y cubre algo que no siempre se dice: el secreto incluye que vas, no solo lo que cuentas. Tampoco caduca al terminar la terapia. Y si eres mayor de edad y la terapia te la paga otra persona, pagar no le da derecho a saber lo que cuentas.
En mi caso hay algo más, y prefiero que lo sepas: soy psicólogo colegiado nº CM03836, curso el Máster en Psicología General Sanitaria y atiendo en prácticas supervisadas en el centro sanitario Neurococos. Así que reviso los casos con un profesional colegiado del centro, sujeto al mismo secreto, y tu historia clínica la custodia el centro. En la sesión no hay nadie más.
Los pocos límites, dichos claro
El secreto no es absoluto, y es mejor saberlo antes de hablar que después. Las excepciones son pocas y concretas:
- Un riesgo grave e inminente para tu vida o la de otra persona. Siempre que se pueda, se habla antes contigo, y lo que se busca es protegerte, no castigarte.
- Un menor en peligro, o un delito grave contra alguien que se está cometiendo o se va a cometer.
- Que un juez lo pida.
Contar que lo pasas mal, que piensas cosas que te asustan o algo que te avergüenza no es, por sí solo, ninguna de esas excepciones. Está explicado con detalle, y con la norma al lado, en qué pasa con lo que le cuentas a un psicólogo.
Si ahora mismo estás pensando en hacerte daño, no esperes a ninguna cita: el 024 atiende la conducta suicida, también a familiares, gratis y a cualquier hora. Si hay peligro, el 112.
Si aun así te cuesta
Saber todo esto no hace que la primera frase salga sola. Que enfrente haya alguien de fuera y con secreto profesional no quita el nudo en la garganta de decirlo en voz alta.
No hace falta contarlo todo el primer día, ni en orden, ni bien. Puedes empezar por lo que menos te cuesta, o decir justo eso: «hay algo que todavía no quiero contar».
Prueba esto
Haz una lista con las personas a las que no se lo has contado. Al lado de cada nombre, una sola palabra: qué temes que pase si lo sabe. Fíjate en cuántas veces la palabra tiene que ver con la otra persona y no contigo.
Si lo que te frena es la vergüenza, en me da vergüenza contárselo al psicólogo hay frases para usar tal cual en los primeros minutos.