La factura que no ves
Evitar algo casi nunca se siente caro. Ese es el asunto.
La factura llega a trozos
Si llegara entera —si al cancelar un plan te apareciera delante el balance de los cuarenta planes cancelados— sería otra historia. Pero llega en trozos tan pequeños que ninguno justifica hacer nada.
Una tarde. Una conversación que no tuviste. Un mensaje que dejaste sin responder tres días y luego ya daba vergüenza responder.
Cada trozo, por separado, es perfectamente asumible. Ninguno pide explicaciones.
El total existe, aunque nadie te lo enseñe
Nunca te lo presentan junto. Y cuando por fin se ve, no parece una factura. Parece una vida que se ha ido estrechando sin que se pueda señalar el día en que pasó.
Haz la cuenta con tus números. Es esta suma, hecha con las veces que lo haces tú.
Y una segunda cosa, menos triste
Lo que evitamos suele estar pegado a algo que nos importa. No se evita lo indiferente. Se evita la conversación con quien queremos conservar, el trabajo en el que nos jugamos algo, el cuerpo que preferiríamos no mirar, la llamada que significa demasiado.
Esa es la médula de la terapia para la ansiedad: recuperar lo que el miedo fue apartando, más que quitar el miedo.
Un mapa leído del revés
Visto así, la lista de lo que llevas tiempo esquivando es un mapa bastante fiel de lo que te importa, leído del revés.
Te dejo con eso. Sin conclusión.